OPINION: Como seguía el béisbol antes y ahora


El béisbol de mi infancia, o el de antes, tiene sus diferencias con el de hoy, lo que me ha motivado a escribir una reseña personal en torno al pasatiempo nuestro.

En 1975 surgió la Liga de Verano del Cibao, una liga independiente que servía de base para muchos peloteros que habían terminado su carrera en el béisbol organizado, pero tenían su espacio en el otoño-invierno, incluso algunos estelares. Formada por cuatro equipos, el de los Arroceros del Nordeste, con sede en San Francisco de Macorís, representaba a la región.

Recuerdo que de niño era muy dormilón, sobretodo en una época con los apagones programados entre las 7.00 y la 9.00 de la noche. Como no existían inversores ni nada parecido, era común hacerse de un radio de pilas para escuchar los partidos de béisbol. No pasaba de tres-cuatro entradas antes de caer rendido, pero fue mi base principal para dar seguimiento temprano al béisbol. Con cinco años tengo más conciencia y recuerdos en mi disco duro de de la Liga de Verano que de la Liga Invernal.

Mi primera gran impresión con relación al otoño-invierno se produjo en 1976: la celebración del Juego de Estrellas de Nativos contra Importados en el estadio Julián Javier. Con apenas 6 años recuerdo algunas cosas, la gran cantidad de publico, que saludé a Chilote Llenas, la forma de pivotear de Mario Guerrero, un palo salvaje de Pedro Guerrero, que de hecho creía que Pedro y Mario eran hermanos, de unas postalitas (me pasé todo el juego pidiendo que me las compraran) y lo más decepcionante, que Miguel Diloné y Omar Moreno no estuvieron presentes en ese encuentro. Estuve acompañado por mis padres, mi hermano Nolagko y nuestros vecinos Tata, Valentín Martínez (el liceista más grande que he conocido jamás) y su pequeño hijo Vian.

Miguel Diloné era una especie de figura legendaria para todos nosotros. Lo que uno escuchaba en la radio sobre la Saeta Cibaeña, los juegos no se transmitían por televisión con la frecuencia de hoy día, nos hacía la idea no de un jugador, sino de una especie de semidiós alado corriendo las bases.

Tenía un poster de Guelo, de la revista Ahora, pegado en la pared de mi habitación. Pude verlo por primera vez en el Estadio Cibao en enero de 1979, en un partido que abrió Nino Espinosa, suspendido por un aguacero luego del primer episodio. Ver de cerca, haciendo estiramiento y corriendo a Diloné fue algo que nunca jamás se ha borrado de mi mente.

Para los iniciados en el juego del béisbol, el mismo tenía tres etapas: pelota de medias (con plástico como base interior), pelota maciza (de goma) y la pelota profesional (Mc Gregor). La primera etapa la inicié en el frente de mi casa, una calle no tan transitada y con un par de solares que permitían la menor molestia a los vecinos. No recuerdo a los cuantos años comenzó esa etapa, si que nos pasábamos los días enteros jugando, sobretodo tres para tres con el pitcher haciendo las veces de inicialista.

La segunda etapa, la pelota maciza, se me hizo más fácil, pues el play quedaba como a cien metros de mi casa. Enfrenté lanzadores, incluso ya muchachos tirando a hombres y lanzando durísimo, pues esa etapa no tenía muchas reglas. Desde esa época formamos una novena los muchachos del barrio contra los que aparecían.

La etapa de la pelota organizada se dio alrededor de mis 11 años. Recuerdo que pagué la jugosa suma de 35 centavos por un guante a Ricardito Mora, sobrino del escritor Manuel Mora Serrano. Las pelotas eran de segunda, las usábamos hasta que botaban el forro y, venga desgracia, las forrábamos con cinta (teipi o esparadrapo). Todos los iniciados sufrimos en hueso propio, sobretodo cuando ese artefacto hacía contacto con un tobillo o una espinilla.

Los que jugábamos no teníamos la más mínima aspiración de ser profesionales, como mucho alguno aspiraba a jugar con el equipo amateur de Pimentel. De todos hubo uno que fue forjado desde su nacimiento para que fuera pelotero: Mendy López Aude, hasta el año pasado fue el líder de jonrones LIDOM. Uno no lo decía, pero ver a ese muchacho pasar mañana y tarde con una mochila por el frente de mi casa, mientras yo casi me aprestaba a ingresar a la universidad y a terminar mis días, no tan gloriosos, aunque si muy gozados como pelotero, era suficiente motivo para entender que iba en serio como pelotero.

Lo de seguir las Grandes Ligas fue otro proceso. Que recuerde, mi primer juego de Serie Mundial lo vi en 1979 en casa de mis abuelos. Los Piratas, el equipo de casi todos, venció a los Orioles. Esos partidos eran vistos en televisor a blanco y negro. Como el béisbol no daba gracia verlo solo, el sastre del barrio Jesús Paredes tenía un televisor y una tertulia diaria en su negocio. Niños, jóvenes y adultos discutíamos de pelota en voz alta. En 1980 tuvimos la presencia ¨masiva¨ de jugadores dominicanos en una serie de postemporada con los criollos César Cedeño, Joaquín Andújar, Luis Pujols y Rafael Landestoy presentes con los Astros de Houston. La matricula de criollos en ese entonces era limitada, mas tener cuatro jugadores de nuestra media isla en una novena era algo impresionante.

Al año siguiente todos vimos las hazañas de Pedro Guerrero, el primer pelotero dominicano multimillonario (su salario en 1985 fue de 1.3 millones, una suma con la que podía comprar todos los solares urbanos de San Pedro de Macorís) con los Dodgers de los Ángeles en la Serie Mundial de 1981.

Los juegos no se transmitían a diario por televisión, siendo mis fuentes informativas las Deportivas de Jhonny Naranjo, los periódicos y la Gran Cadena de la Calidad, la legendaria transmisión diaria de radio de los juegos de las Mayores. Era un gran coleccionador de fotos de periódicos y postalitas de los peloteros de las Mayores. Con los años vendrían los televisores a colores, las transmisiones sabatinas, luego diaria por tv, y el telecable, que transmitía varios juegos de manera simultanea.

Hoy día seguir el béisbol es algo relativamente fácil, solo necesitamos encender el celular, la computadora o el televisor y tenemos todo a un clip. A cada momento llevamos los cartones de los jugadores, los equipos, enviamos miles de correos, utilizamos el wasap, el messinger, twitter, facebook, You tube, instagran y el vasto mundo de medios que tenemos para comunicar sobre el béisbol.

Mi hijo Horacito, sin ninguna aspiración a ser profesional del béisbol ni nada parecido, ya ve como algunos de sus compañeros de juego hablan de alcanzar las Mayores, algo que en nuestra época era inimaginable. En fin, creo que es la primera vez, en varios años escribiendo sobre béisbol, que hago una historia tan íntima del pasado y del presente en la pelota.

of-am

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